sábado, 12 de noviembre de 2016
Nueve. Miradas
Con las manos en el volante espero la luz verde del semáforo y miro lo que sucede alrededor.
A través de la ventanilla de un auto-móvil se pueden ver muchas cosas, apenas en unos segundos.
La ciudad pasa delante tuyo y ahí están sus edificios, recortados y sucios.
(Me pregunto si serán así o es el vidrio de mi auto, ese a través del cual miro)
También hay personas a las que hubiera querido conocer, aunque sé con certeza que si diera la vuelta a la manzana, por más rápido que fuera, ya no estarían allí. Y sigo, algo contrariado. Sé que me estoy perdiendo algo.
Alguna parte de mí me reprocha no frenar bruscamente -aún a riego de ser insultado por mi impulsividad o soportar la obsecuencia de los conductores- abandonar mi vehículo a su suerte y saber de esa gente, antes que se convierta en un reflejo inasible en mi espejo retrovisor. O en mi memoria.
Una noche, de esta forma, ví a esa niña con miedo.
(Y no me importa si piensan que una mirada fugaz a través de la ventanilla semi-abierta de un auto-móvil es incapaz de percibir el miedo en una niña)
Era de noche y estaba en esa esquina de Belgrano, comiendo un helado que -por el color- parecía de chocolate. Sentada en un silloncito al lado de quien creo era su padre. Pero inquieta.
En la misma esquina, pero por la otra calle, tres cartoneros con sus carros repletos de la cosecha diaria hacían una pausa, tomaban vino barato de un cartón y hablaban fuerte.
Le dí diez, como mucho. Rubia, con el pelo fino y largo enredándose en su helado o en su cuello, de acuerdo a la intensidad y dirección del viento.
El semáforo en rojo. Seguí mirando.
Ni siquiera la presencia de su padre, o quién parecía serlo, parecían darle calma.
Su lengua no se apartaba del helado. Pero su mirada sí.
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