jueves, 3 de noviembre de 2011

Ocho. Más Dibujo

Uno

Se sienta frente al teclado como todas las mañanas.

Encierra en sus manos el calor de la taza de té que beberá de a sorbos en un rato.

Recuerda que alguna vez fue una niña que dibujaba sentada en el piso en medio de un desparramo de colores.

Escribe esta historia.


Dos

- Es sólo una casa -piensa la niña.

- Es sólo una niña - piensa la madre.

- Es sólo una historia – piensa ella sin dejar de escribir.



Sabe bien que todos tenemos asignada al menos una noche igual de oscura que aquella.

martes, 1 de noviembre de 2011

Siete, Dibujo

Una niña sentada en medio de un desparramo de crayones de colores, dibuja en una hoja una casita de cuentos: el techo rojo, dos ventanas simétricas, prolijas, con sus cortinas verdes, una chimenea de ladrillos con un humo negro que se eleva como un rulo hacia el cielo azul celeste, por detrás del árbol de copa verde y redonda.

“Qué hermoso”, piensa su madre mientras la observa, “Qué hermoso dibujo”

(Ignora lo que para la niña es una temible certeza: que detrás de esa puerta sólo hay demonios, que las cortinas apenas si ocultan el rostro perverso que la atemoriza, que el humo negro y la noche se confunden en un vértigo de monstruos de manos procaces)

En silencio, dibuja.

Quizás pensando que esta vez sí, los demonios van a escapar por esa puerta.
Que en las ventanas no hay más que macetas con flores.
Que en esa noche sólo hay brazos para acunar su sueño.

lunes, 31 de octubre de 2011

Seis, Otro banco de plaza

1.
Cuando le pregunté, dijo no.

Ningún banco de plaza tiene ventanas.
Ver el cielo a través de un vidrio no es ver el cielo.

Un banco de plaza no tiene puertas.
Sólo noche y demasiados pasillos donde perderse.

Un banco de plaza no tiene techo.
Apenas ilusiones que sólo así llegan a destino.

Me preguntó y dije sí.

Mi sueño tiene techo, puertas, ventanas,
pero no es más que insomnio.

Así es como debe ser, agregó,
cuando no hay cielo, ni pasillos, ni ilusiones.

2.
Cuando le pregunté, dijo no.

Ningún banco de plaza tiene ventanas.
Debería saber que ver el cielo a través de un vidrio
no es ver el cielo.

Tampoco tiene puertas
Sólo noche,
y demasiados pasillos donde perderse.

Ni siquiera un techo, insistí.

Ni siquiera. Sólo así las ilusiones llegan a destino.

Cuando me preguntó, dije sí.

Mi sueño tiene techo, puertas, ventanas,
pero no es más que insomnio.

Así es como sucede, agregó.
Si no hay cielo ni pasillos ni ilusiones.

domingo, 30 de octubre de 2011

Cinco. Hambre

Llega temprano.

Hoy no hubo suerte.

Los perros lo saben. Ladran distinto cuando el hambre se anuncia en el felpudo.

Las zapatillas surcan el pentagrama raído de las vetas en dirección a la cocina donde un espíritu de madre mantiene despierto el calor de las brasas.

A fuerza de desalentar el ayuno sostenido, el estómago ha entablado vínculos amistosos -aunque fugaces- con el caldo oxidado que un cucharón vierte ahora en el plato.

Sin embargo, no hay tristeza en esas manos tan pobremente vacías.

Apenas la suave cadencia de un cansancio sin esperanza.

sábado, 29 de octubre de 2011

Cuatro, Su tan triste mirada

Era más que una estoica evasión de las heridas ese ir arando las baldosas con rebrotes de miseria que lo hizo pernoctar puertas afuera de toda esperanza.

La noche en que lo ví, desafinaba en los faroles un violín amargo.

Bajó la frente y esperó la última nota para sacar de los bolsillos su tesoro de recuerdos inútiles.

Contrariamente a lo esperable, no se resistió a la insolencia de los vecinos ni a las luces procaces de los automóviles.

Buscó un umbral y se encogió sobre su ínfimo caudal de secretos o tibiezas.

Allí se dejó dormir, con el infortunio de su identidad ausente para siempre y podría asegurar que nadie se detuvo a ver su tan triste mirada salpicada de los primeros gorriones de la mañana.

Cuando volví por él, ya no estaba. Pude guardarme las palabras que había reunido trabajosamente, pero las dejé ir tras su rastro.

Recién entonces, me senté en ese umbral y esperé sereno la escoba de las vecinas.

jueves, 27 de octubre de 2011

Tres. Octubre 27

Camina por Corrientes como todos los días,
es decir como todos en los que no hace subte.

Puro desenfado y estudiada gestualidad
le permiten negociar indispensables centavos.
Pero hoy no hay rutina.

Se encuentra llorando sin saber porqué,
y además:
llora sin esfuerzo sin motivo y sin quererlo.
No es ingenua
y ve que eso le agrega monedas a su cosecha.

No podría asegurar que se resiste
a recibir lo que no esperaba.
Tampoco la imagino buscando explicaciones.

Sin embargo, no está feliz.

Dicen que se la vio llorar,
pero en otras cirunstancias.

Porque esta vez
nadie le grita
nadie le pega
nadie la obliga

Sigue triste y llora a pesar de sus monedas.

(Algún día sabrá que el flaco se nos fue hace un año apenas y nos hizo llorar a todos, sin esfuerzo, sin motivo, sin quererlo)

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dos. Siesta

Tres siestas durmió sobre este banco de plaza.

La primera en cuna de algodón,
una mañana breve con demasiadas sonrisas.
(En ese momento, cómo pensarlo,
ninguna despertaba sospechas)

La segunda fue en sus brazos,
una tarde de amor que pronto se hizo lejana.
Ella creía en todo. Él no creía en nada.

No pudo decirlo pero hubo algo,
tal vez sus caricias, la luna incipiente,
que a punto estuvo de hacerlo dudar.

La tercera, la más larga, es ésta,
que comienza a dormir esta misma noche:
la mejilla vencida contra el silencio del mármol.


Un poco más allá, manos extrañas y profesionales suman cifras a la estadística del día. Por suerte, una entre todas se avergüenza de tanta intemperie y lo acobija bajo un manto de diarios.

martes, 25 de octubre de 2011

Uno. Parado Sentada

Parado
en un banco de plaza,
el pibe se piensa capitán de un barco
a la deriva.

Perdido en la tormenta,
arma un catalejo con sus manos.
Lo dirige más allá del horizonte de ventanas,
y busca
faro fuego tinieblas:
la maldita señal de haber llegado.


Sentada
en otro banco de plaza,
la piba ve pasar un mar de caras
perros trajes guardapolvos.

Estira las piernas con sigilo,
prueba apenas con la punta de un pie
pero no.
Definitivamente,
ese mar no moja.

Aprieta en sus dedos las monedas de la tarde,
y espera la nave que no llega.