Llega temprano.
Hoy no hubo suerte.
Los perros lo saben. Ladran distinto cuando el hambre se anuncia en el felpudo.
Las zapatillas surcan el pentagrama raído de las vetas en dirección a la cocina donde un espíritu de madre mantiene despierto el calor de las brasas.
A fuerza de desalentar el ayuno sostenido, el estómago ha entablado vínculos amistosos -aunque fugaces- con el caldo oxidado que un cucharón vierte ahora en el plato.
Sin embargo, no hay tristeza en esas manos tan pobremente vacías.
Apenas la suave cadencia de un cansancio sin esperanza.
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