miércoles, 26 de octubre de 2011

Dos. Siesta

Tres siestas durmió sobre este banco de plaza.

La primera en cuna de algodón,
una mañana breve con demasiadas sonrisas.
(En ese momento, cómo pensarlo,
ninguna despertaba sospechas)

La segunda fue en sus brazos,
una tarde de amor que pronto se hizo lejana.
Ella creía en todo. Él no creía en nada.

No pudo decirlo pero hubo algo,
tal vez sus caricias, la luna incipiente,
que a punto estuvo de hacerlo dudar.

La tercera, la más larga, es ésta,
que comienza a dormir esta misma noche:
la mejilla vencida contra el silencio del mármol.


Un poco más allá, manos extrañas y profesionales suman cifras a la estadística del día. Por suerte, una entre todas se avergüenza de tanta intemperie y lo acobija bajo un manto de diarios.

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