Era más que una estoica evasión de las heridas ese ir arando las baldosas con rebrotes de miseria que lo hizo pernoctar puertas afuera de toda esperanza.
La noche en que lo ví, desafinaba en los faroles un violín amargo.
Bajó la frente y esperó la última nota para sacar de los bolsillos su tesoro de recuerdos inútiles.
Contrariamente a lo esperable, no se resistió a la insolencia de los vecinos ni a las luces procaces de los automóviles.
Buscó un umbral y se encogió sobre su ínfimo caudal de secretos o tibiezas.
Allí se dejó dormir, con el infortunio de su identidad ausente para siempre y podría asegurar que nadie se detuvo a ver su tan triste mirada salpicada de los primeros gorriones de la mañana.
Cuando volví por él, ya no estaba. Pude guardarme las palabras que había reunido trabajosamente, pero las dejé ir tras su rastro.
Recién entonces, me senté en ese umbral y esperé sereno la escoba de las vecinas.
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